LOS LIBROS DE MI VIDA - HENRY MILLER

 Considero en gran medida mis encuentros con los libros, algo así como mis encuentros con otros fenómenos de la vida o el pensamiento. Todos mis encuentros están configurados y no aislados. En este sentido, y en este sentido solamente, los libros son parte tan integrante de mi vida como los árboles, las estrellas o el estiércol. No reverencio los libros por los libros mismos. No coloco a los escritores en ninguna categoría especial ni privilegiada. Son como los demás hombres, ni mejores ni peores. Explotan los dones que se les han dado, así como lo hacen todos los demás tipos de seres humanos. Si los defiendo de vez en cuando —como clase— es porque creo que, por lo menos en nuestra sociedad, nunca han alcanzado la jerarquía y la consideración que merecen. Los grandes, en especial, casi siempre han sido tratados como chivos expiatorios.

Verme a mí mismo como el lector que fui otrora, es como ver a un hombre abriéndose paso a brazo partido en la selva. No cabe duda que viviendo en el corazón de la selva aprendí algunas
cosas sobre ella, pero nunca tuve la intención de vivir en la selva, sino de ir a ella. Abrigo el firme convencimiento de que no hace falta habitar primero esta selva de libros. La vida misma ya es bastante selva, una selva muy real y muy instructiva, por decir poco. Sin embargo, preguntará usted, ¿los libros no pueden servir de ayuda, de guía en nuestra lucha a través de la espesura? -
Quien sepa de antemano adónde quiere ir, no llegará lejos, dijo Napoleón.
                                                                        Henry Miller, prólogo de Los libros de mi vida, 1969.


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